Cuadritos, periodismo de historieta

marzo 21, 2010

Sobre la historieta-teatro, Agrimbau

Pensada originalmente como “bonus track” de un artículo aún inédito para Página/12, esta entrevista surge aquí como adelanto de esa nota.

Agrimbau (der) durante la conferencia sobre historieta argentina que brindo en Angoulême

“Cuando se lo mostramos al editor francés original en el 2003 o 2004, nos dijo esto es genial, pero para mi es imposible de hacer“. Eso “imposible de hacer” era La burbuja de Bertold, y quien habla no es otro que su guionista, Diego Agrimbau. “Lo jodido era mostrar en una historia el hecho de que en teatro un acto se resignifique con la palabra, es lo que nos llevó más tiempo, sobre todo que se reconociera en el dibujo que estaba repitiendo la acción, como si fuera una partitura”, explica. Tan mal no le fue, pues al libro que hizo con su compañero de armas Gabriel Ippóliti le llovieron las buenas críticas, nominaciones y hasta premios, incluyendo el de mejor historieta en el festival de ciencia ficción Utopiales, de Nantes, Francia, en 2005.

Pasado el tiempo y con la edición nacional del título a cargo de Historieteca Editorial sobre la mesa, Agrimbau confiesa que le cuesta reconocerse ahora en ella. “Ahora cuando lo leo me parece muy raro el tono en que está escrito”, señala, “me suena muy solemne y hasta pretencioso”. El motivo le parece claro: “así escribía hace casi diez años, porque el guión comenzó a trabajarse en el ’99 y se fue reescribiendo hasta el 2003, cuando se empezó a dibujar”.

Agrimbau terminó la carrera de Dramaturgia en la E.M.A.D. (Escuela Municipal de Arte Dramático) en 1998 y al año siguiente comenzó con el guión de La burbuja… “Yo venía con toda una carga, un tono actoral muy de teatro argentino, medio entre solemne y autocelebratorio, que todavía me pesaba mucho”, recuerda y afirma que el tiempo fue liberándolo de esa carga, “fui cambiando”.

Agrimbau se interesa por la resolución formal de sus relatos (Afasia, en el ejemplo)

La burbuja… se apoya en una narrativa predominantemente visual, con poquísimos cuadros de texto y, paradójicamente, un fuerte papel dedicado a la palabra, a la “oralidad” de los personajes.  “En el libro el dibujo se lleva buena parte de lo que es la historieta, no como en otras que son más caligráficas, más ortográficas, con un dibujo que es más lectura que materia”, analiza Agrimbau. “Sin embargo tiene varios cuadros de texto, porque tenía la sensación de que no me iban a alcanzar las páginas para contar lo que quería”, apunta el guionista, que con el correr de los años se volcó a un estilo narrativo que evita plenamente los cuadros de texto. “El ejemplo más puro quizás es Planeta Extra, que no tiene ni uno, aunque ahora estoy viendo si vuelvo un poco a incluirlos”.

El entrevistado señala también que buena parte de su inspiración surgió de sus propios estudios de dramaturgia. “Uno de los textos teóricos que más me habían gustado fue La estética teatral, de Bertold Brecht”, explica, “un libro muy cortito donde el tipo expresa su filosofía de cómo debe ser el teatro y habla de la bajada política a través del teatro, lo que él llamaba la didáctica: hacer una obra que a través del sustanciamiento, la revelación a las masas en su alienación produzca la posibilidad de una revolución social”. Verbigracia, encender la revolución en un teatro. “Una idea muy romántica y muy interesante, pero por eso mismo muy posible de llevar a la ficción”

En el libro jamás queda explicitado el texto de la obra original compuesta por Froilán, director teatral y suerte de “carcelero-benefactor” de los actores-títeres neumáticos. “Fue por una cuestión de espacio, me di cuenta que si yo hacía la obra entera en sus tres o cuatro versiones, me quedaba sin páginas, así que tuve que empezar a cortar”, cuenta. “Al comienzo se muestran improvisaciones que no tergiversan el sentido final de la obra, pequeños maquillajes que son los habituales en todo actor”, describe. Después pensó otras soluciones: voces en off dando cuenta de la obra, mostrar fragmentos dispares de la obra. Todo para dejar espacio a la escena final, donde ambas obras (La burbuja… misma y la teatral de Froilán), alcanzan su clímax. “Por ahí hubiese estado bueno que se viera la obra original, pero hubiera necesitado diez páginas más”, reflexiona, “en realidad ese es mi problema con casi todos mis libros”.

La burbuja… forma parte de “un tríptico trunco”. A ese título sigue El gran lienzo y aún otro más, aún innominado e inédito. Si el primero se focaliza en el teatro y el segundo en la pintura, el último abordaría la música, aunque el guionista se niega a revelar (ni siquiera off the record, para desilusión del cronista) la resolución formal que para representar melodías y ritmos.

La primera página, una de las pocas con cuadros de texto en La burbuja...

El entrevistado reconoce en esa incompletud “una frustración” y destaca que es el guión que “más me gusta de los tres”. Ese relato, asegura, “surgió de la necesidad de mejorar lo que hicimos con El gran lienzo, que si bien creo que salió muy bien, tenía la extraña exigencia de ser mejor que Bertold, que era muy difícil de superar por la resonancia y el éxito de crítica que había tenido en Francia”. La burbuja, curiosamente, funcionaba así como “una ópera prima a la que le había ido demasiado bien”. El segundo título de la trilogía “vendió bien”, según reconoce Agrimbau, pero no fue un escalón por encima del primero.

Entonces “al momento de preparar el tercer libro me dediqué cuatro o cinco meses sólo a pensar el guión, con tal que fuera superador de todo lo que había hecho antes y hasta que no encontré un camino que me dejara totalmente feliz y satisfecho no paré”, cuenta, “pero cuando lo encontré, la editorial se vendió, junto a la promesa de editarlo y ya no se acordaban ni de que me lo habían pedido”. Una experiencia amarga de la que aprendió: “eso pasa por no haber firmado el contrato a tiempo, porque con un contrato hubieran tenido que cumplirlo”, lamenta.

El tríptico, lo mismo que otras de sus incursiones en el campo de la historieta (notablemente, sus últimos unitarios Afasia y Claustrofobia, en la revista Fierro), da cuenta de un gran interés del guionista por las resoluciones formales de ciertas ideas. “En algún momento me di cuenta que había historietas que privilegiaban la forma por sobre el contenido”, señala, “se contaban de alguna manera donde la misma narración era la protagonista, antes que los personajes”. Así el también autor de El campito fue adentrándose en un mundo poblado por Alan Moore, el español Eric Berto y algunos mangakas. “También me ayudó mucho armar una clase sobre historieta formal para mi taller”, explica, “tuve que bajar lo que tenía como nebulosa conceptual a teoría clara y concisa, bajar a tierra esos conceptos, y luego yo mismo resulto el primer alumno que aprende de eso mismo que estoy diciendo en clase”.

Agrimbau (izq) y Marcelo Pulido (der), durante la presentación de Historieteca Editorial

“Las dos historietas con Lucas Varela consistieron en tomar un elemento al nivel de la narración secuencial -que son muchísimos- y buscarle algún tipo de resonancia con alguna enfermedad mental”, analiza, “si la voz en off iba a parar al mundo diegético, a los carteles, eso podía tener que ver con la afasia; si las viñetas se ponían en tres dimensiones, eso tenía que ver con la claustrofobia”.

“Con Camping recobré la confianza”

En el primer bonus track dedicado a Agrimbau, este señalaba que Camping (que se publica semanalmente en Historietas Reales) había sido un experimento fallido (y que ello corroboraba que era un experimento). Relanzado recientemente (y nuevamente en una pausa estival de la que aún no se sabe cuándo retornará), el guionista en dupla con Dante Ginevra cambia su definición de la serie: “es como un campeonato”, asegura.

El cambio de definición conlleva un nuevo enfoque. “No sos el Barcelona que gana todos los partidos”, compara, “vas a ganar algunos y a perder varios, pero la idea es ganar la mayoría”. En esta nueva etapa, reconoce, el relato “puede tener bajadas de tensión, ánimo o lo que sea, pero por ahora venimos con un buen record de partidos ganados”.

Su propia comodidad con la historia es clave. “Los personajes se asentaron y, sobre todo, me dejé llevar por la gorda”, destaca, “probablemente quede un libro largo y aburrido, pero por ahora la prioridad es el acto de hacerlo”.

7 comentarios »

  1. Tu idea de algo largo y aburrido me resulta incomprensible, Diego. ME voy a evitar chistes (incluyendo los adjetivos “gorda” y “largo”) que no cuadran con el tono medido y familair del blog del amigo Valenzuela, pero la verdad es que me sumís en el desconcierto. Cuando Camping sea un libro maravilloso, quiero que me regales un ejemplar.

    Comentario por joandemena — marzo 21, 2010 @ 12:05 pm | Responder

  2. Reconozcamos una cosa: ¡qué titulo choto que me quedó! No dice nada, lo poco que puede llegar a decir es confuso, no resulta atractivo para el lector ocasional y, encima ni siquiera capta el pensamiento del entrevistado. Un desastre. Es candidato a figurar entre los peores titulares de la historia de Cuadritos. Bajón :(

    Comentario por Andrés Valenzuela — marzo 21, 2010 @ 2:05 pm | Responder

    • Jaja, es verdad, te quedo muy confuso. Yo al leerlo pensé que Agrimbau iba a adaptar una obra de teatro a la historieta, o al revés, o algún experimento loco que mezclara ambos medios. Pero la nota está buena. Como siempre.

      Comentario por gonzalo — marzo 21, 2010 @ 4:56 pm | Responder

  3. Algunas precisiones: El libro de Bertolt Brecht citado es “Breviario de Estética Teatral”, y el concepto desarrollado es el “distanciamiento”. Aunque eso del “sustanciamiento” habría que probarlo. La foto que pusiste arriba no es de la charla de Angoulême sino de la que di en la Universidad Stendhal-Grenoble 3, dos semanas más tarde. Y por último, lo que se ve en la primer página de Bertold, no son textos narrativos, sino diálogos en off. Jeje. De todas formas, es uno de los reportajes en los que más de acuerdo estoy conmigo mismo, así que bien ahí! Abrazo. D.

    Comentario por Diego Agrimbau — marzo 21, 2010 @ 3:18 pm | Responder

  4. Andrés

    Excelente nota, me gusta mucho la vuelta que le diste a la entrevista. Y sí, hubiese sido maravilloso ver cómo Diego desarrollaba la idea de la música en la trilogía trunca. Pero también, está bueno imaginarse lo que no fue. Eso de la trilogía trunca también tiene algo de encanto. No? Che..y acabo de enterarme que Joandemena es Don Reggiani. Y yo pensaba que era un lector mala onda caribeño. BESOS!

    Comentario por Laura Vazquez Hutnik — marzo 22, 2010 @ 1:58 am | Responder

  5. Pucha, Diego, ¡cuántos pifies que me mandé! Igual, te juro que en la desgrabación decías “sustanciamiento”, ¿eh?

    Laura, lo bueno de entrevistar a Diego es que es un tipo muy ordenado en sus ideas, muy reflexivo. Y a la vez, es “modular” en sus pensamientos, con lo cual, se pueden ordenar las preguntas y sus respuestas de modo de obtener un artículo fluido con mucha facilidad. Mérito suyo, te digo. Y la trilogía trunca puede tener su encanto, ¡pero yo quiero ver cómo solucionó lo de la música!

    “Un lector mala onda caribeño”, probablemente una de las mejores frases que he leído aquí :)

    Comentario por Andrés Valenzuela — marzo 22, 2010 @ 11:51 am | Responder

  6. Sí che, yo también quiero leer el terecero.
    Copensé.

    Por otro lado, sí, a mi también siempre me llamó la atención eso de Diego, es un tipo que piensa ordenado.

    Comentario por Fran López — marzo 23, 2010 @ 4:32 pm | Responder


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