Esta es la entrevista #100 en Cuadritos. El entrevistado, un autor excepcional del noveno arte argentino: José Muñoz, quien aborda muchos temas. Reflexiona sobre la cuestión de la identidad. Recuerda la buenos Aires que abandonó a comienzos de los ’70 y la que lo crío décadas antes. Piensa en el tango y sus imágenes. Pareciera, incluso, que no habla de historieta. Pero sí habla, sólo que no es tan explícito en estos párrafos como en la segunda parte del reportaje. Alcanza con prestar atención.

Muñoz se enamoró de la historieta, "la mujer equivocada". Y ella "le dio bola".
Como cartógrafo experto, José Muñoz traza un mapa de sí mismo. Lo dibuja hablando, aunque la mancha de tinta en el pulgar de su mano izquierda haga suponer que son sus manos las que trabajan. Pero no, sus instrumentos permanecen ociosos, con una hoja de papel apoyada en un tablero improvisado y el piso del departamento en el barrio de Retiro cubierto de papel de diario. Muñoz habla con esa voz hipnótica, grave, fascinante. Ríe sosteniendo el cigarrillo con ese pulgar entintado y otros dos dedos, como si sostuviera levemente un pincel con la palma hacia abajo.
En casi dos horas de entrevista, el compañero ya inseparable de Carlos Sampayo une su vida y su obra. No hace falta deslizar muchas preguntas. Él sabe qué cuestiones explorar. Presta atención y capta el arqueo de cejas espontáneo que le indica un rumbo de interés. Está acostumbrado a mirar. No lo dice, pero se revela a sí mismo cuando describe la luz porteña, la iconografía tanguera, de política, cuando recuerda sus días en Sitges, su encuentro con el guionista, las películas que le gustaban, los años tenebrosos del país y sus propios años oscuros, la comuna hippie en la que vivió. Muñoz se narra a sí mismo.
“Cuando vengo en estos abriles veo esta luz perfecta que entra, que refleja, sisea, es cristalina”, mira el sol que se filtra entre las cúpulas de los edificios. Más tarde, al momento de las fotos, señalará a un lado y al otro el brillo de la tarde sobre tejados y balcones. La excusa del encuentro es su Carlos Gardel, ese que junto a Sampayo les valió el Grand Prix del festival de Angoulême en 2006 y que aquí fue reconocido hace dos meses por la fundación Alija. Es la excusa, claro, pero como la obra concentra lo principal de las inquietudes e intereses artísticas de la dupla, la entrevista adquire múltiples rumbos y resulta necesario hablar primero de esa ciudad que Muñoz dibuja verdadera en sus viñetas.
“Buenos Aires es una gran narración, la narración en la cual yo nací”, comienza y advierte que ese relato porteño tiene para él múltiples fuentes “por personas reales, porque he vivido yo y todos mis amigos, la gente que se ha ido, la gente que se ha quedado y la que ya no está más”. La urbe es “una especie de colección de almas que en esta ciudad han vivido, creado, reído, sufrido y muerto, un alma colectiva que baila viajando por estas luces que me enceguecen, que yo entreveo parpadeando y que importa poco si todo esto es cierto o no”.

"Buenos Aires es la gran narración en la que yo nací"
Además, explica que en ocasiones siente la ciudad suspendida en el tiempo, enclavada en esos comienzos de la década del ’70 en que la abandonó “antes del aquelarre” y que desde allí mira aún más al pasado, a los años de Gardel, y más al presente, al sol que se filtra en la ventana. “Me empecé a pensar como un observador a mitad de camino, con el pibe de los años 60, 70, que se trajo una Buenos Aires cristalizada y desde ella mira”, reflexiona, “una ciudad que fue muy tanguera, aunque no tanto como en los 40 o 50, pero que tenía aún mucha presencia de ese pasado magníficamente dibujado”.
“Me fui de aquí no muy tanguero y no muy gardeliano, pero llevaba conmigo todo el depósito de la excelencia, de la alegría y también de los límites de esa creación colectiva, con los defectos y virtudes que puede tener toda obra humana, simientes que finalmente florecieron en mí en tierra extranjera”, rememora Muñoz. “Del tango se pueden criticar muchas cosas, no sé: cuestiones de composición narrativa, sus obsesiones, pero las joyas que tiene desde lo musical, lírico, vocalmente, como escritores y compositores son…”, busca la palabra y desiste, “te marean, ves el paisaje y son destellos de excelencia, como luce Buenos Aires cuando llegás volando de noche”.
Finalmente pudieron encarar “el Gardel” -como llama a esa novela gráfica- cuando se sintió capaz de homenajear, agradecer “e inclusive pedir refugio” en el relato del tango, del que se había alejado “rockanrolleadamente” en su juventud. Un trabajo que, asegura, sólo se puede dibujar “desde el afecto”, al que considera una forma mucho más inteligente de hablar que “el egocentrismo nacional, la exhibición viril estéril, la ignorancia entrecruzada, que es la enfermedad preferida de los nacionalistas”. (más…)