Cuadritos, periodismo de historieta

mayo 29, 2011

Muñoz, tango e historieta

Filed under: Cómic argentino,Entrevistas — Andrés Valenzuela @ 10:00 am
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El domingo pasado, José Muñoz recorrió algunos de los elementos fundamentales de su formación como artista y como persona. La imaginería tanguera, los barrios de infancia y el aprendizaje político moldearon buena parte de su ser. Otro tanto hizo su vida transmigrante. Pero nada lo hizo olvidar su raíz. Con el tiempo conoció a Carlos Sampayo. En muchas de sus historietas conjuntas tienen a la identidad como tema fundamental. El multipremiado Carlos Gardel no es la excepción. En esta segunda parte de la entrevista, lo explora.

Los dedos con pequeñas manchas de tinta, la luz verspertina. Y Muñoz.

“El Gardel es el fruto de nuestro regreso ideal a los embelesos, a los mitos centrales de esta ciudad”, reflexiona José Muñoz. La ciudad, Buenos Aires. La misma en la que el Zorzal Criollo se elevó a la fama con la música ciudadana y ofreció esplendor al género. “Tras su muerte, en el tango hubo una especie de ascensión a la excelencia: los ’40, las orquestas, letristas y poetas, músicos, cantores y cantoras, glosistas, locutoras de voz cristalina, pajaritos de la ciudad y del campo, todos intérpretes del sentir popular, había buenos laburos, buenos sueldos, por consiguiente se respetaba el laburar bien… todo esto llevaba a la milonga apretadita pero sin ofender, a la introspección ensoñada en el otro, dele farra corrida. Después vino la debacle popular y la juventud de esa época se alejó pensando equivocadamente que era una música sólo de veteranos”.

Parte de esa juventud “rockanrolera, jazzmaníaca, bossanovista, de la mitad de los ’50 hasta comienzos de los ’70”, el dibujante también se apartó del 2×4. “Nosotros de veteranos no teníamos un pelo, ¿viste? ¡Éramos niñitos! Pero estuvo bien, me divertí, me entretuve, aprendí y me siguen gustando”, sonríe en los recuerdos, pero advierte que jamás se alejó hasta el “punto de no retorno”.

Al tango volvió, y la admiración lo embarga. “La complejidad, la excelencia del fenómeno, sus aportes, las afluentes a la creación de esta música”, enumera y apunta a la estrella central del mito: “Gardel fue una de las grandes figuras de esta construcción y estando fuera, luego del tiempo estadounidense, nos empezó a trabajar de forma insistente”.

Pese a esas ganas incipientes de abordar el (los) tema(s), tuvieron que esperar. “No sé, no estallaba la chispita, no sentíamos que todavía…” Hasta que encontraron la clave. “En algún momento dijimos con Carlos ahora nos sentamos y tratamos de armar algo que tenga que ver con nuestras perspectivas, con las tuyas, las mías, y qué nos metamos a contar Buenos Aires”, dice.

Entonces nació Carlos Gardel, una de las principales obras de la última década.

“Como chico de acá y chico de aquella época, me siento como uno que otea hacia atrás, a Gardel, a aquella Buenos Aires, y cuarenta años adelante, hacia acá, a esta de hoy”, explica Muñoz, “esa es la excitación maravillosa, el placer, con todas las dificultades, los fracasos y sucesos en la pelea cotidiana con el dibujo para insuflar vida en cada línea, en cada cuadrito, cada luz, cada sombra, todo eso: esa especie de fulgor argentino”.

Gardel, analiza, nació “como dibujo, como estrella” cuando el tango recién aparecía. “Creo que fue el segundo o el tercero que cantó un tango con una historia no solamente prostibularia, y la primera fue Manolita Poli, creo. Cantó mucho tiempo acá en el teatro Esmeralda, hoy Maipo, y él ya estaba allí, esperando, con todos sus utensillos en orden, su voz, su historia”.

Apareció en el momento en que tenía que aparecer.

– Sí. Él venía de la leyenda campestre, el ombú, la taperita nacarada, las chinitas, la melancolía dulce del infinito, el alazán dorado, la pampa, los amaneceres rojizos con los cantos de los pajaritos del monte y él, vestido de gaucho endomingado con pastillitas de menta en el bolsillo y la viola en la mano. Delicioso. Pero entró en la ciudad, encontró el tango. Después se hizo concientemente, porque Gardel era como un dibujante de sí mismo, que estaba contándose, narrándose y creando su historia al mismo tiempo que la vivía. Él se guardaba cosas, contaba, construyó su historia concientemente, con silencios y con decires. Sabía de su excelencia. No estaba programado el final trágico que tuvo y lo envolvió en una bola de fuego eterna. Sampayo dice que el tango, como el jazz, ha tenido cien años de vida, ha llegado a la eclosión, a la armonización extrema, a la excelencia, y después a la fragmentación en pequeños riachos que van para aquí, para allá, y que se alejan del cuerpo central.

"Esta tematica de tango, afecto, barrio y barro me subyuga"

Suena a una descripción posible de la historieta, también.

– Sí, bien dicho. Esa es un poco la opinión de Sampayo. Y hay algo de razón en esa mirada. La historieta, digamos de gran entretenimiento popular, con excelentes escritores y dibujantes en una industria del entretenimiento nacional, fue esa industria de la cual podías vivir, trabajar y pagar tu vida y estar en comunicación con masas de trabajadores y de jóvenes que tenían dinerito en el bolsillo para comprar esas revistitas. Fue en los años 30′, ’40, ’50, cuando Pratt, cuando Oesterheld, Breccia, Solano López, Pérez del Castillo, Battaglia, Ferro, Calé iluminaban nuestra infancia.

Eso desapareció.

– Hubo un apagarse de ese momento privilegiado. Estalló en el cielo como una supernova y luego las tinieblas. El cimbronazo fue entre el 55 y el 60, que no quedó casi nada acá, y los jovenzuelos de esa época entramos en crisis permanente porque todas las maravillas desaparecieron en cuatro o cinco años. Comenzaba a imperar la televisión, había menos guita, menos esperanzas para el trabajo, para los trabajadores, los antiguos inmigrantes convertidos en “aristocracia” latifundista y la tonta clase media, media tonta, se mofaban de ellos en conatos de risa suicida ante la humillación del pobrerío y la morochada. ¡Qué idiotez malvada! Otras formas de entretenerse, bah… Cuando yo era pibe, teníamos el tango, la historieta, el jazz y la radio. Hay cosas que se apagan misteriosamente, y también momentos en que se aúnan talento, industria y posibilidad de sobrevivencia, y los estímulos que recibís, viento de cola que le dicen, maduran tu talento en el crisol de un buen  trabajo rentado, porque no es que estás siendo tratado injustamente, no estás ejerciendo un placer solitario. Yo siempre quise ver mis trabajos impresos, esa era el fin, su realización. De pronto, las cosas se han vuelto muy exigentes para las generaciones posteriores porque se han quedado sin paraguas en medio de un chaparrón que te inunda las galochas, con recuerdos que les cuentan los veteranos de épocas doradas. El deseo de expresarse, de hablar, dibujar, contar con un dibujo, de escribir, sigue tan vigente como antes, y tan al alcance de gente que quiera hacerlo como antes.

Es más difícil vivir de eso.

– Ahora para convertirlo en subsistencia es difícil, ha dejado de ser casi una rama industrial. Sin tener miedo en esto de la palabra “comercio”, si hacemos comercio con las cosas que nosotros queremos contar. Hay diferentes cuestiones en el trabajo. De pronto está quien sólo trabaja bajo comando, le interesa escribir o dibujar una partitura, o unas variantes de una partitura durante toda u vida, y se sienten cómodos con eso. Yo lo respeto, aunque a mí no me interesa. Pero respeto a la gente que ha hecho esa elección. Después hay gente que tiene deseos expresivos a través de la narración y del dibujo, de encontrar cosas que los satisfagan y los entretengan a ellos mismos cuando lo están haciendo. Yo me quiero divertir. Quiero estar. Eso lo aprendí de los cambios del “Viejo” Breccia, con esas idas y venidas suyas que cortaban la respiración, la grandeza de Pratt, la excelencia de un trabajador, de un inventor de historias prodigiosas como Oesterheld. Y después con Humberto Cerantonio, que no apreciaba la literatura dibujada pero cuyas enseñanzas me enriquecieron mucho.

Y como llegó a la historieta, la conversación vuelve a rendirse al tango, aunque sin irse del todo, pues Muñoz compara las condiciones en las que sus responsables trabajaban. “Había una consustantación total entre las historias de la gente que lo cantaba, que lo tocaba y componía, que eran paisajes de tango de su vida y hablaban de lo que les sucedía en ese momento, de sus vidas y las de sus gentes, cantaban las almas”, recuerda, “estaba allí el arrabal, que nacía de la pampa transformándose luego en barrio. Por sus callecitas siguen paseando Macedonio, Arlt, Manzi, Flores, Rosita Quiroga, Cadícamo, Marechal, el talentoso y antipatiquísimo Borges,  Fiorentino, la milagrosa Mercedes Simone, y van todos hacia los resplandores del horizonte, luces centrales, fulgor de Buenos Aires”.

El tango, las otras tierras

“Nunca dejamos de ser argentinos, inclusive dentro de las excusas narrativas neoyorquinas”, advierte Muñoz, “nosotros presentamos el haz de maldades mechadas de luz que el noir permite y solicita: el crimen, la avidez, la crueldad, la corrupción del tejido social, el doble, triple, cuádruple discurso del poder, la envidia, la lujuria, el desprecio preventivo, la ignorancia militante y, también sus antídotos: la bondad, la  llamativa inteligencia de ciertos corazones, la ternura ¡y hasta el amor!… cosas que mamamos en nuestro contexto original, que es la Argentina”.

"Siempre hay que dejar espacio para un rayito de luz"

Llevar estas experiencias a otros paisajes, entiende, no supone una auténtica dificultad. “Como somos parte de la raza humana, no hay mucha originalidad en los problemas centrales de la especie. No tuvimos mucha dificultad en norteamericanizar realidades sudamericanas porque, en verdad, también eran realidades norteamericanas”. Y enumera: “el límite de la bajeza, el límite de la especie humana, ser víctimas de los apetitos, ser sólo tubos digestivos, desear el poder por el poder mismo, corruptos y desesperados. Pero siempre hay que dejar espacio para un rayito de luz, como proclamaba a través del eter El amigo invisible”.

Muñoz se refiere, naturalmente, a la etapa creativa marcada por la aparición y crecimiento de Alack Sinner. “También hay que decir que en ese momento nos faltaba permiso de estadía”, rememora sobre su período de “dulce clandestino” en Europa. Años donde ser un “sin papeles” no resultaba tan traumático como hoy. “Nosotros éramos y somos blancuzcos, formados, con cierta capacidad para movernos en situaciones problemáticas, y nos mezclábamos con la multitud, aunque no teníamos un papel que justificara nuestra existencia, así que nos podían echar en cualquier momento”.

Pese a la “dulzura” de esa clandestinidad, la paranoia y el miedo acechaban y se juntaban con el terror que llegaba desde Argentina “por las historias reales que pasaban en nuestro país, por lo que nos imaginábamos, por lo que nos contaban, y también por los distintos grupos de gente politizada exiliada de Argentina, con sus deliberaciones, luchas, fricciones y descalificaciones”.

Las informaciones a medias que llegaban desde estas costas llenaban de zozobra sus vidas. “Fuimos parte de toda esa gran depresión post-conflicto, post debacle que se posó en las playas de Sitges, (cerca de Barcelona) gran rejunte de exiliados sudamericanos. Estaba toda esta situación, con momentos terminales de  dolor y extravío, dificultades de supervivencia psíquicas y económicas… ¿Cómo razonar todo esto? Arreglos de diferendos supuestamente políticos por doquiera que vayas, despiadados diagnósticos entrecruzados, amores cortos y largos que desafiaban la agresividad, el recato y la desesperanza. Todo esto en salsa de paranoia”, lamenta.

Ahí, así, concibieron Sudor Sudaca y Solos para siempre. “Una serie de elaboraciones del dolor”, describe y considera que esos trabajos son también “artesanías gráficas, en las que uno va controlando, versando, sublimando, gobernando un poco todos los ríos de la psique que van para cualquier lado cuando el espectáculo de la historia es tan feroz, de tanto orgullo matarife y carnicero, tan primario como lo que aquí pasó”.

Lo terrible de la situación, destaca, era quedarse “sin palabras ante la enormidad de la bajeza y el terror”. La historieta, de ese modo, se convirtió en un refugio para la dupla. “Teníamos este trabajo que nos calmaba, nos sublimaba, y nos permitía afrontar los desvaríos, inclusive, porque hubo gente que desvarió fatalmente, varados en las arenas de Sitges mirando la Argentina desde lejos, con huellas de la catástrofe en la mirada, en el cuerpo y en la psique; entonces ahí Sudor Sudaca surgió como una forma de contención, de organización de todo un material histórico, de ilusión y derrota”.

Muñoz, en Ernie Pike (de H.G.Oesterheld)

El contexto lo afectó “profundamente” y asegura que cayó “dentro varias veces”. La lucidez, opina, puede ser asfixiante. “Hay un extremo en que te impide respirar y decís ¿para qué?, considerando que las cosas son como son y no como deberían ser, ¿qué hacemos acá?, y yo siempre he tenido rechazo a confundir inteligencia extrema con desesperación extrema: no sé si ser muy desesperado es ser muy inteligente. Espero que esa inteligencia no me afecte”. Fueron épocas donde se sintió obligado a alejarse de la historieta de denuncia, “de la verdad”. Porque, agrega, “la cantidad de realidad adulta que Carlos y yo pusimos en nuestro trabajo es cuantiosa, casi irresponsable. Empecé a sentir que me invadía un sopor mortal que me llegaba al corazón”. Llegaron otras imágenes, fruto de la búsqueda de dibujos alejados de la lucidez política y antropológica. “Rastreaba la lucidez poética, la alegría, los amores simples y profundos”. Se alejó del policial negro, de la denuncia, porque en algún momento “la denuncia te está matando”.

“Veo que alejarse tanto de la realidad no es sencillo ni es una fórmula que vos puedas recomendar ligeramente a la muchachada, pero al mismo tiempo, hablo de nuestro caso, realísticamente, concientemente hemos ido a beber al infierno de la historia, y yo quedé un poco escaldado. Hay que decir que he tenido suerte al encontrarme con Carlos,  el dispone de la potencia del verbo, además me abisma el silencio que propone, lo que calla, entre una palabra y la siguiente. Lo que sí, cuando se nos ocurren excusas narrativas, casi siempre tienen que ver con este tipo de desfalco histórico y moral. Nadie es perfecto”.

Por eso, aclara, tampoco es aún momento de volver a su pecador de sobretodo. “A Alack no podés proponerle cualquier historia, tampoco, se enoja”, sonríe, “uno no ha dejado de tener deseos de trabajar con él, pero en esos últimos años argentinoides que hemos hecho el Gardel y, antes, Sudo Sudaca, Tango y Milonga, El libro, siempre juntos, y yo por mi cuenta  hice Orillas de Buenos Aires, Carnet Argentin, La Pampa y Buenos Aires y miríadas de dibujos en blanco y negro, y en colores, sobre esta tematica de tango, afecto, barrio y barro que me subyuga, dibujos sin guión”. Y entonces Muñoz propone: “en resumidas cuentas es lo que me parece que somos, buenos dibujos sin guión, o con un guión horrible escrito por un loco mal o  por un tarado distraído acosado por ráfagas de inspiración luminosa, mal que le pese”.

De resultas, el dibujante reconoce que se ha “alejado de Alack”, pero “caminando” hacia sí mismo. “Oero Alack es también yo, es nosotros”, reflexiona. Si tiene que aparecer, llegará, sabe bien. “Si estoy en la placita de Arregui y Bolivia, miro, busco, por ahí llega Alack Sinner, y si llega no voy a fingir que no lo conozco. Pero no lo voy a ir a buscar desesperado. No voy a ir a proponerle cualquier cosa. Si aparece por el barrio, bien”.

“De estos recuerdos y ensueños vivo últimamente, soles extasiados que se desperezan entre las  ramas de los árboles del barrio, pibitas que se pasean por la vereda, mi viejo que desde el patiecito del fondo me devuelve de un saque la pelota de goma, aromas de mate y cafè con leche, el sodero, la parra, el hielero, la payana… varios Buenos Aires antiguos y modernísimos se fecundan, se entremezclan en esta ansia de homenajear el lugar donde la vida me parió”. Recuerdos que, además, lo asaltan en cada visita al pueblo de Pilar, que ya no es el de su infancia. “Está bien, me digo, todo cambia, vos te fuiste de acá con una imagen, pero la realidad sigue trabajando… de acuerdo, me redigo, ¡pero qué asco! El  microcentro pilarense está igual, yo fui pibe ahí desde los cuatro años hasta los 10. La plaza está, los árboles han crecido mucho, Perón y Evita nos siguen mirando desde el monumento, el bar de mi viejo está. Bueno, ahora hay un bar que nada que ver con aquel. Está la Iglesia, está la escuela, pero empecé a ver los countries y ¡Los Altos de Pilar! Nadie era alto en Pilar”, desliza.

"Si Alack viene, no voy a finjir que no lo conozco. Pero no le voy a proponer cualquier historia".

Ahora, asegura, Pilar es “esa cosa pretenciosa y patética del delirio inmobiliario y financiero, del lujo, del miedo, de los barrios privados”. De barrio, asegura, ni la sombra. “La gente está comprensiblemente asustada y se esconde en los countries, donde se sienten protegidos, pero después resulta que la policía privada que los cuida a veces se alía con afanancios. Ahí hay una especie de parálisis de la psique, están todos metidos ahí entre rubiecitos y pastitos, pero no puede dejar de penetrar allí la destrucción del tejido social que la Argentina sufrió, laboratorio primero, punta de excelencia, alumna orgullosa de la masacre social ultraliberista”.

Muñoz rescata la figura del barrio tradicional, el de “cuando las clases coexistían, cuando estaba el albañil, el médico, e íbamos todos a la escuela con los guardapolvos”, recuerda, “el barrio fue una entidad extraordinaria porque ahí se intercambiaban aires, se oxigenaba una clase con la otra, que coexistían de forma no siempre del todo agradable, porque persistían recelos, broncas, cosas injustas, rabias, ¿no? Pero había un aire entremezclado, circulaban las ideas”.

Todo ese caldo de cultivo, explica, se creía que había que evitarlo en los primeros años europeos. “Se pensaba justamente que había que enraizarse con el presente, con la realidad que nos hospedaba, y entonces era poco aconsejable dejarse llevar por recuerdos”, dice y advierte que “había que dejar espacio para construir, viviéndolos, recuerdos nuevos”. Por eso él prefiere trabajar con la memoria. “Los recuerdos no me devoran, como se teme comúnmente, los recreo, los dibujo, me recrean, me alimentan, estoy dispuesto a vivirlos”. Carlos Gardel también es fruto de esos recuerdos. Los suyos y los de los suyos, “toda la esperanza de mis viejos, mis abuelos, todo lo que yo conocía de otros barrios, lo que mamé en otros barrios del mundo, y entonces por acá pongo un sentimiento, una imagen, un resentimiento, una alegría, una tristeza, un cuadrito, una palabra, y en cierta manera siento que podemos entrar en la casa de Jean Jaurés y mirar a Gardel, a doña Berthe, en silencio y sin molestar. Creo que con el afecto se consiguen milagros. Y creo que con Gardel lo conseguimos”.

4 comentarios »

  1. […] Muñoz, tango e historieta […]

    Pingback por Buenos Aires, como la mira José Muñoz « Cuadritos, periodismo de historieta — mayo 29, 2011 @ 8:54 pm | Responder

  2. “Creo que con el afecto se consiguen milagros.”

    Comentario por Fran López — mayo 31, 2011 @ 8:13 pm | Responder

  3. Saben cómo puedo ponerme en contacto con señor Muños? Soy periodista de tango de la revista La Cadena y queremos poblicar un artículo sobre su trabajo de Gardel.

    Comentario por Anita Brus — enero 4, 2012 @ 8:22 pm | Responder

  4. Hoy una amiga que vive en París me relató de un señor pintor, que firmaba libros, la semana pasada agregando un dibujo.Me decía que era de Pilar en Argentina (supongo es el Pilar de la Pcia de Buenos Aires) y me relató de sus dibujos (a ella le gustan más los de color) y usted le dibujó a lápiz una pareja bailando tango que estaba muy hermoso. Mi amiga y yo ya frisamos algunos largos…años, pero nos alegra muchísimo conocer a argentinos haciendo… si esa es la palabra “haciendo cosas” ella se emocionó de un relato suyo sobre su antigua casa, aquella donde vivió su infancia y sentir la emoción al tocar la madera de su puerta, cosa que yo no me atrevo a a realizar cuando miro a cierta distancia la casa donde nací en la ciudad de Campana (bastante cercana a Pilar). A mis avanzados años intento escribir y algunos libros edité, dice mi amiga que dejó dos ejemplares en la casa Argentina de por allá ¿quien me diría?, uno es una novela corta y el otro un cuento para niños cuyos dibujos interiores realicé recordando las clases del ya desaparecido Raúl Rusel, en fin como verá trato también de hacer.Espero que este José Muñoz que busqué en Google sea realmente el que me contó hoy mi amiga acortando distancias por la vía telefónica. Y si no lo es, igual le envío mi saludo afectuoso desde este mi riconcito argentino, donde ahora vivo, cerca de La Plata en un localidad que se se llama City Bell (curiosamente traducido al castellano sería ciudad Campana). Reciba mis cordiales y afectuoso saludo, Lilia

    Comentario por Lilia Iglesias de Franco — octubre 13, 2012 @ 8:32 pm | Responder


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