Cuadritos, periodismo de historieta

junio 20, 2012

Cuestión de códigos

Filed under: Cómic argentino,Cómic USA,Literatura — Andrés Valenzuela @ 10:00 am
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El libro prometía diversión. Todos los trabajos anteriores de Ariel Magnus, al cabo, tenían dosis generosas de humor. Allí están Un chino en bicicleta o Ganar es de perdedores, para probarlo. La cosa no resultó tan sencilla con El hombre sentado. Esta novela tiene, si acaso, un humor esquivo, solapado y presente para acentuar alguna ironía trágica del relato. Mala suerte para quien buscaba algunas risas bien urdidas. El hombre sentado no deja de ser un trabajo interesante y con su cuota de delirio. Es, sencillamente, otra cosa, distinta, de aquella que suele leerse del autor.

O de lo que espera leerse del autor. Esto dispara dos reflexiones ligadas. La primera, sobre las expectativas que un lector puede (quiere) tener sobre la prosa (la narrativa, el dibujo) de un autor. La segunda, en qué medida y en qué casos un escritor (un historietista) debe advertir/construir las reglas de lectura de la misma novela ya desde las primeras páginas.

Hay autores cuyo tono abarca a todas sus obras. La sorpresa para el lector no radica tanto en el cómo estilístico de aquello que se cuenta sino en el relato mismo. ¿Qué pasa cuando el lector está tan acostumbrado a ello que no consigue deshacerse de esa impresión a medida que pasan las páginas? ¿Le causa rechazo el nuevo modo de contar? ¿Deja el libro? ¿Se desconcierta? ¿Cómo se las arregla -pese a esto- el escritor para agarrar del cuello al lector y obligarlo a ir hasta la última página?

En principio, es evidente que debe haber una construcción de las reglas del relato de turno ya desde sus primeras páginas. Quizás ahí falla Magnus en El hombre sentado, pues apenas comenzado el libro adelanta una serie de situaciones a priori graciosas, pero que no irán con el tono general que se cuenta después. Es decir, primero confirma las expectativas del lector y luego lo desorienta. Lo cual no está necesariamente mal, si ese desconcierto es parte de lo que se pretende con la obra. No parece ser el caso de esta novela, sin embargo.

Tampoco es que esto sea un problema en toda la literatura. Es un inconveniente o una dificultad casi inexistente para el relato de género. El lector ya conoce las convenciones de la fantasía, el policial o las comedias románticas. Si hace falta señalar alguna variación sobre el modelo habitual, basta con hacerlo en la primera escena. Lo hace Leo Oyola en Santería, lo hace George R. R. Martin en Una canción de hielo y fuego. Esto es asunto de aquellos autores que tienen que encontrar una voz propia.

Nadie le anda exigiendo a los guionistas de superhéroes que rompan con los cánones (bueno, quizás los críticos y algunos cultores de Alan Moore, pero no el público general). Nadie le pide a Dago que sea otra cosa que Dago mismo. Ni a Naruto se le pide que sea Death Note. A Tintin no se le reclama que se parezca a Persepolis, y así. Nadie se plantea el código de Yo, Matías o de Clemente. La tira humorística es así. ¿Es así?

¿Siempre es así? Esta búsqueda de la voz propia y la construcción de un código interno para la propia tira es, en general (vamos, siempre hay excepciones), un problema de lo que hoy se llama “nuevo humor gráfico” o “humor gráfico de ideas” o “sin remate”. Como no busca hacer reír -que es lo que espera un lector de una tira-, debe explicarle al lector qué está buscando/haciendo/ofreciendo. Esa búsqueda u oferta construye un código con el lector, pero por acumulación. Macanudo acaba de cumplir 10 años de publicación ininterrumpida en La Nación. Es posible que al comienzo casi ningún lector del diario entendiense qué estaba haciendo ese tipo que dibujaba con acuarelas.

¿Cómo se construyen las reglas de lectura? Un caso muy interesante es el de Ombligo sin fondo, el grueso volumen de Dash Shaw que acaba de llevarse el Premio Banda Dibujada a mejor ficción para jóvenes de autor extranjero. Cada una de sus tres partes comienza con algún pasaje alegórico. No sólo eso, la primera suma, además, algunos gráficos y diagramas sobre la constitución familiar que protagonizará la historia. No es casual ni gratuito. No es (sólo) que al autor le gusten las infografías. Es que el tipo necesita que el lector tenga claro que en las siguientes 700 páginas va a desmenuzar por dentro una familia. Por eso es legible Ombligo, porque esas primeras 15, 20 páginas, sugieren claramente cómo leer las siguientes centenas.

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