Cuadritos, periodismo de historieta

enero 29, 2014

La cumbre del cómic

Mañana empieza el Festival International de la bande-desinnée d’Angoulême, en Francia, y Página/12 se anticipa con esta nota. Y aunque no puedo evitar señalar ese texto -porque bueno, vamos, es mío-, creo que las líneas que merecen auténtica y especial atención son las del columnista invitado, Lucas Varela. Lucas lleva viviendo allí algún tiempo y accedió a escribir un texto sobre la ciudad. Y es entrañable.

En fin, dejando la costumbre de lado, aquí publicaré hoy tanto la nota central como esa columna de opinión.

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La cumbre del comic

Con un homenaje a Mafalda a 50 años de su primera publicación, el festival francés de bande-desinnée, uno de los mejores del mundo, cuenta con una amplia presencia argentina.

Por Andrés Valenzuela

Angoulême es una ciudad pequeña: tiene apenas 40 mil habitantes, según el último censo francés, de 2007. Sin embargo, eso no le impide convertirse una vez al año en el centro de la historieta europea. Si los norteamericanos tienen sus ComicCons de San Diego y Nueva York, y los japoneses sus convenciones en Tokio, los franceses llevan con orgullo su Festival international de la bande-desinnée d’Angoulême. Por un puñado de días (de mañana al domingo), todo lo importante que ocurre en el mundo de la historieta, sucede entre esas callejuelas medievales y su invierno húmedo. Premios consagratorios, negocios millonarios, novedades editoriales, autores pugnando por entrar al circuito, exposiciones internacionales. El toma y daca de cualquier evento de fuste de cualquier disciplina cultural. En este caso, el de la bd, que se carga el 16 por ciento de la industria editorial francófona y donde la tirada de un libro nuevo puede alcanzar varios millones de ejemplares.

El festival que comienza hoy tiene varios aspectos a considerar. Desde la perspectiva argentina, coinciden la muestra homenaje a Mafalda, la inclusión de Macanudo, de Liniers, en la selección oficial del festival, y la participación de una misión comercial de distintas editoriales para la venta de derechos y ejemplares, propiciada por Export.Ar, con apoyo financiero y técnico en el sector de derechos y licencias del festival.

El homenaje a Mafalda coincide con los 50 años de su primera publicación y el texto de curaduría del festival destaca que la tira tiene “una dimensión poética que se mantiene intacta pese al paso de los años” y asegura que “no perdió nada de su carga moderna y subversiva, y continúa siendo, a los ojos de los lectores de todas las edades, de todas las condiciones y de todos los países, un símbolo de resistencia lúcida, irreductible y universal”.

Desde luego, la del personaje de Quino no es la única exposición que presenta el festival. Entre las muchas muestras que componen esta edición se incluyen una dedicada a los 80 años de la primera publicación de Mickey Mouse en Francia, una exposición doble en conmemoración al centenario de la Primera Guerra Mundial (que se sostiene sobre los trabajos de Gus Bofa y del enorme Jacques Tardi), otra consagrada a la militancia de los dibujantes por los derechos de las mujeres, algunas orientadas al público infantil, a la historieta independiente y, desde luego, la que está a cargo del presidente honorario del festival: el holandés Willem, declarado Gran Premio de la Ciudad de Angoulême en 2013. Es que cada año el festival elige a un autor de particular relevancia, lo premia y le permite curar una exposición al año siguiente. Es uno de los mayores premios al que se puede aspirar en la historieta internacional. Hasta el momento, sólo un argentino lo obtuvo: José Muñoz, en 2007. Para dar dimensión a la altura de este premio, vale considerar los tres nombres en pugna para este año: Bill Watterson, conocido por la entrañable Calvin & Hobbes, Katsuhiro Otomo, mente maestra detrás de Akira, y el británico Alan Moore, pluma detrás de joyas como Watchmen, V for Vendetta y muchos otros.

Claro que no es el único premio que se entrega en la pequeña localidad francesa. Habrá un galardón oficial por el 40 aniversario del festival, que será otorgado a Akira Toriyama, creador del infalible manga Dragon Ball, acaso uno de los puntos más altos de la producción japonesa. En la gala de cierre del festival se revelarán los cuatro Fauves (el nombre que recibe la mascota del encuentro, que oficia de efigie para la estatuilla): el de Oro (mejor álbum), el premio especial del jurado, el de las series y el premio revelación. Además de Liniers, otros 34 autores compiten por estas estatuillas, con nombres de la talla de la Rutu Modan, Winshluss, Carlos Giménez, Pascal Rabaté, Etienne Davodeau (premio Revelación algunos años atrás e invitado en Viñetas Sueltas 2009), Alison Bechdel, Matt Fraction y Brian K. Vaughan. De la selección también participa el español Max con Vapor, recientemente editado en la Argentina por Musaraña Editores (y reseñado en Página/12 el viernes pasado). Una competencia de altísimo nivel. Y si tanto premio no alcanza, también quedan los premios del público, el especial de la municipalidad local, el que otorga un jurado de niños a la historieta infanto-juvenil y el que ensalza la producción independiente.

El Festival de Angoulême es maravilloso, pero no es barato. Al abono de 36 euros hay que sumarle los libros, que oscilan entre los seis y los veintitantos euros. Si alguien quisiera comprar todos los volúmenes de la selección oficial, la selección patrimonial, novelística y juvenil desembolsaría no menos de 1200 euros. Ni siquiera se podría cubrir con el considerable descuento en el tren de alta velocidad (porque sí, el festival es tan importante que asistir a él permite ahorrarse el 50 por ciento del pasaje).

Hasta el domingo, en ese entorno circularán autores, editoriales y librerías argentinas, intentando asomar la producción nacional al mercado francés, viñeta clave de la historieta internacional. Un lugar donde estar dibujado, suma.

***

Acerca de vivir en Angoulême

*Por Lucas Varela

Alrededor del año 800 las hordas vikingas atacaron esta ciudad y la atravesaron matando, violando y saqueando con desenfado. Desde mi ventana, en línea con la antigua muralla que rodea el casco histórico, tengo una vista perfecta del valle y el río Charente, lo cual me hace pensar que estoy en un puesto de centinela. Los vikingos no aparecerán y mi tarea en esta mansión no es vigilar, sino dibujar historietas.

Esta apacible ciudad adoptó a la historieta como motor cultural y abre sus puertas a los artistas que vienen de lugares remotos del mundo. Hay una comunidad de dibujantes, muchos de los cuales residen en La Maison des Auteurs, una institución dedicada a apoyar la historieta independiente. Uno puede recorrer las calles y perderse en el entramado medieval (época en que, al parecer, no conocían la línea recta). Por momentos las calles, con su mística de antiguas casas de piedra gris, se asemejan a los tramposos senderos de Parque Chas y un poco al cementerio de Recoleta. La presencia sudamericana aquí es escasa y más aún la argentina. Es muy difícil encontrar a un inmigrante del otro lado del océano. Así que la tarea de encontrar mate se hace complicada. Esta preciada mercadería exótica es el tributo que impongo a todo aquel expedicionario de las pampas que viene a visitarme.

Acerca de la actividad que me compete, Angoulême se convirtió en un centro importante de la historieta no solo por el festival. Aquí se encuentra el museo de historieta más importante que conozco, una enorme biblioteca de acceso gratuito para los artistas, la EESI –una escuela de historieta de nivel terciario– y La Maison des Auteurs. La avenida principal se llama Rue Hergé, en honor al creador de Tintin. Durante el festival y si uno asiste como artista, le esperan días muy agitados: reuniones con editores, con colegas, largas sesiones de dedicatorias, la participación en una muestra colectiva y lo más agotador de todo: las 24 horas de la BD, que consiste en hacer 24 páginas en 24 horas. Si bien suena a un suplicio, mi experiencia por participar el año pasado fue enriquecedora. Si uno asiste como público le esperan muestras en varios puntos de la ciudad, un buen botín de libros, conferencias y las mejores fiestas. La que más me interesa es la del mercado de Angoulême. Allí los productores locales agasajan al visitante con una orgía de exquisiteces francesas. También hay un Angoulême Off, de gran efervescencia editorial. Hay fanzines de alto nivel que tienen su fiesta.

Fuera del festival, los días en Angoulême transcurren lentos y húmedos como el plato típico de esta zona: el caracol. Me verán comiendo quesos de fétidos aromas o hígados de gansos torturados o regado por ese elixir llamado cognac, pero jamás verán meterme ese bicho en el estómago. No da.

*Lucas Varela es dibujante. Colaboró en Fierro, publicó –entre otros– El síndrome Guastavino y Paolo Pinnocio, con el que accedió a la selección oficial de Angoulême en 2013. Su obra más reciente es Diagnostiques, junto a Diego Agrimbau.

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