Cuadritos, periodismo de historieta

julio 14, 2013

“Elogio del malentendido”, texto inédito de Juan Sasturain

Filed under: Especiales — Andrés Valenzuela @ 12:00 pm
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El discurso de Sasturain, disponible para los lectores del sitio

El discurso de Sasturain, disponible para los lectores del sitio

Hace once días la Legislatura porteña, a instancias del diputado local Aníbal Ibarra, homenajeó a Juan Sasturain declarándolo “personalidad destacada de la cultura de la Ciudad de Buenos Aires”. Un modo de mimarlo y decirle ‘chas gracias por los libros, por sus esfuerzos para difundir la literatura y la historieta. ‘chas gracias por todo, bah. Se llenó de gente dispuesta a festejarlo y al momento de expresar su gratitud por el festejo, Sasturain dejó de lado el discurso que había llevado preparado y se largó a recordar amigos y bienquerientes que lo acompañaron en el camino.

Al final, repasando el texto del discurso, uno encuentra que el hombre dijo igual muchas de las cosas que había escrito. Pero en el papel aparecen algo más ordenadas, sazonadas con algunas ideas más y cubriendo algunos olvidos, lapsus de la emoción del momento. Lo que sigue se lo imaginan: Cuadritos le propuso publicar el texto aquí y, efectivamente, es lo que aparece a continuación, incluso con las negritas y destacados del propio autor. Que lo disfruten.

Elogio del malentendido

Por Juan Sasturain

Ahora, como decía Gracián, el Tano Gracián, o –mejor dicho- como le decían al Tano Gracián cuando no la largaba y la hacía larga al no largarla, gambeteando hasta perderla: lo largo, si malo, dos veces malo.

Bien (o mal): seré largo. Y aprovecho porque, aunque el terreno es neutral, me he cuidado muy bien de estar entre amigos y -según la definición del amigo del negro Fontanarrosa tan citada- un amigo es alguien con el que hay presupuestos, hay códigos, hay acuerdos tácitos de afinidades y lealtades que van más allá de los detalles o desencuentros del momento. Es alguien con quien se puede contar. Incluso para disentir, sin que nada se rompa. Y el ejemplo memorable del Negro era: un amigo es alguien que viene, y te dice “Acabo de ver una película iraní extraordinaria” y vos le podés decir: “No me empecés a romper las pelotas…” Por eso, porque estoy entre amigos puedo darme el gusto de hablar largo, ser cursi y/o patético contar con la paciencia o tolerancia o no, de los presentes. Se la bancan o no, porque mal o bien me conocen.

Juan Manuel, el tero Lima, que me conoce o –­mejor- me juna bien y desde hace mucho, me lo dijo justo: “inmejorable” lo mío. En el sentido ambiguo que lo usaba Carlitos Trillo, claro. Inmejorable es la apoteosis del malentendido. Y está muy bien.

Porque todo esto es un malentendido y está muy bien –porque no podría ser de otra manera- y porque voy a hacer un elogio del malentendido, para que si se me malentiende (y seguro que eso va a suceder) no haya escándalo: los malentendidos –desde la exégesis de la Biblia, la definición del peronismo, los formas del amor, qué quiere decir La metamorfosis de Kafka o a qué juega la Selección- son lo usual, lo que pasa todo el tiempo. Es lo lógico, es lo normal, es cómo funcionamos: a fuerza de malentendidos.

Según Rep, ya de chico Sasturain quería parecerse a Papá Noel

Según Rep, ya de chico Sasturain quería parecerse a Papá Noel

Esto que pasa hoy es un malentendido. Una larga cadena de equívocos, de caminos entrecruzados, direcciones múltiples, nudos que intenta desatar una gallega como la del GPS y da vueltas y vueltas y de pronto se detiene en un punto.

El malentendido no es un error ni una mentira ni un engaño ni siquiera una limitación sino la condición de posibilidad misma de nuestra humanidad. Somos un malentendido, no sabemos qué quisieron hacer cuando nos hicieron; y somos malentendientes porque queremos entender lo que no sabemos si tiene sentido. Se lo damos, entendemos cuando cerramos un sentido, otorgamos un valor, hacemos un juicio. Ante la indiferencia del mundo que es ciego y que es mudo. Pero a veces el mundo (los otros) te ve y te habla y te dice algo y ahí sos consciente de los múltiples malentendidos. Sobre todo de la sospecha de impostura.

Hay un desencuentro, una desarmonía, un piedra papel o tijera que conviven todo el tiempo y sacan conclusiones equívocas. Para compensar, equilibrar el desencuentro, nace la cultura en forma de tentativa armoniosa. Eso es la cultura: una suma de necesarios y laboriosos malentendidos.

El malentendido nos define mejor que cualquier certeza o afirmación indubitable. Todo se construye a partir de malentendidos, que no son un mal sino una condición necesaria de la comunicación, del amor, de la filosofía. Todos los esfuerzas por anular los malentendidos, de afinar las significaciones y avanzar hacia la univocidad de las afirmaciones y sentencias es empobrecedora de nuestra ambigua condición.

La memoria personal por ejemplo, opera el primer malentendido al suponer que el yo es siempre el mismo. Toda verdad aceptada es una construcción provisoria. Los malentendidos devenidos verdades perviven mientras son instrumentalmente válidos.

Sin embargo, hay lugares, donde, con todas las salvedades posibles sentimos que los malentendidos retroceden. Las muertes pueden ser inútiles y las causas equívocas, pero la valentía y la lealtad no lo son. El amor puede estar mal dirigido (hacia quien no se lo merece) pero la simple experiencia del sentimiento vale por sí.

Si, por distintas razones, en estos días que pasaron y en los que vienen, debo y deberé lidiar con diversos malentendidos, he decidido optar –hoy y acá, inconscientemente tal vez- por las certezas del sentimiento.

En la mesa lo acompañaron Rep, Aníbal Ibarra, Panno y Maitena

En la mesa lo acompañaron Rep, Ibarra, Birmajer, Panno y Maitena

Así, por ejemplo, entre tantos malentendidos escogidos que sirvieron de justificación para esta celebración que me involucra, ayer y hoy estuve leyendo con módico estupor, en medios y re-medios, las acciones que se me atribuyen, múltiples malentendidos mediantes. Malentendidos de información, que son pavadas, en el fondo. Y todos equivocándose a favor, según parece.

Así, una vez más, y al pedo, aclaro:

  1. soy sobre todo un lector –tal vez no demasiado bueno o agudo atento, pero todo viene de ahí- y cuando me da el cuero, trato de escribir, porque soy o quiero ser escritor y ahí pongo mis discretos porotos;
  2. por eso, una vez más, aclaro por respeto a tantos compañeros que no soy (racialmente) periodista (he estado y estoy rodeado de grandes periodistas) sino que escribo en los medios –que es otra cosa- desde hace más de cuarenta años;
  3. además, he escrito bastante y con gusto sobre historietas y humor gráfico, pero pocos y demasiado pretensiosos guiones: hice Perramus, un lujo al que me convocaron, pero no mucho más, ni es lo mío;
  4. también es cierto que me gusta el fútbol y jugué de muchacho, pero nunca me alcanzó para jugar profesionalmente, sí para escribir sobre el más hermoso juego; y,
  5. finalmente, es cierto que laburé y laburo en revistas (hoy en Fierro) pero hay atribuciones halagüeñas que no se corresponden con la realidad: nunca fui jefe de redacción de Hum®, por ejemplo, sino simple colaborador; y Perramus -que es una historieta y no una revista- no se publicó durante la Dictadura sino después, en los ochenta.

En fin, son detalles, boludeces, pero tienen que ver con eso de los malentendidos. Otro malentendido es que –siguiendo al maestro Groucho- me sienta lógicamente tentado a no respetar o a tomar demasiado en serio a una institución que premia a tipos como yo. Me justifico pensando que soy parte integrante de los que votan en esta ciudad, que estos legisladores son mis representantes. Y ahí la cosa cierra mejor o –cínicamente- no cierra definitivamente.

Al respecto, hace unos años, comentando la entrega de las medallas del Bicentenario (de las que me tocó una, pesadísima y muy linda) escribí algo sobre la actitud que correspondía o debería corresponder ante este tipo de distinciones y me definí como una especie de autoconsciente Patán sartreano. Ubicado entre el extorsivo perro riente de Pierre Nogoyuna y el estrábico filósofo que rechazó el premio Nóbel, acepto con una sonrisa un premio que no sé si merezco del todo pero que disfruto con alegría, y compartido.

Quiero decir, para concluir este divague: suponer que alguien merece ser reconocido por sus pares como alguien especial y destacable puede ser (y es) resultado de una serie de malentendidos. Sin embargo, hay gestos previos que no lo son. Y hoy vine a subrayarlos.

Saludo a los amigos y compañeros
Por ejemplo, estos que hablaron son amigos míos y por eso los elegí. No fue por su ideología, su prestigio –que lo tienen- ni por su peso específico cuando usan la palabra en público. No se van a convertir en amigos después de hablar o por lo que dicen sino que tienen la palabra por eso, por ser mis amigos: porque uno, como dice Dolina, elige y prefiere jugar con los amigos. Éstos me conocen y yo a ellos. En los hechos, y sin malentendidos posibles: Marcelo, Rep, Maitena y el Nene. También podrían estar y no pudieron Chitarroni, De Santis, Saccomanno o Sampayo. A todos les debo mucho y parejo.

Y ahora voy a hablar de éstos y de otros a los que yo reconozco como personalidades distinguidas de mi corazón, bien cursi.
Hay dos amigos que no están, no podrían estar, pero que les debo tanto: el pelado Marcángeli, que me enseñó a leer en Mar del Plata, de pibe, y el gordo Chimirri, que me eligió, me publicó y me bancó con su amistad en Barcelona, como a muchos otros. Y hay otros amigos (la barra de Infamia y alrededores, digamos) que me acompañan con una intensidad que no podría hacerles justicia si tratara de explicar los motivos: están siempre ahí, en todo lo que escribo.

Acá está el flaco Néstor Tirri, que me rescató en la secundaria, me invitó a tomar un café y me explicó la vida cuando me esperaba un destino previsible de católico ultra más o menos fascistoide.

Willy Schavelzon era un pibe de apenas más de 22 años cuando fundó Galerna y ahí tuve mi primer laburo. Yo –a su misma edad- era un pescado que nada sabía. Y confió en mí. Editamos el primer Tizón argentino, el primer Blaisten cuentista…

A mi amiga Marilí, Blanca Rébori, le debo muchas cosas, además de su amistad: me hizo el primer contacto para colaborar en Clarín Cultura y Nación, hacer mis primeras colaboraciones como crítico de libros en el 71. Después, en el 75, me dio la posibilidad de entrar a la corrección de Clarín; después, me dio laburo y plena libertad en la revista Folklore. Gracias por todo.

Además, tuve la suerte de que me tocó trabajar con tipos que admiraba de pibe y también de bien grande: Juan Gelman era jefe de la sección Cultura de La Opinión en el 72 y ahí entré a laburar y a colaborar casi sin experiencia. Me hizo escribir sobre Urondo, Cardenal, Lamborghini, el Cortázar de Libro de Manuel, que nadie quería agarrar en ese momento…

Otro al que admiraba de chico me hizo guionista de prepo: le debo una enormidad al Viejo Breccia, por haberme elegido y darme la oportunidad de escribir Perramus durante casi diez años. Nunca tocó un texto, y yo crecí y ligué a su lado.

Le debo todo lo que aprendí sobre muchas cosas de literatura argentina y cultura popular en sus diversas formas a mi amigo el pelado Romano, Eduardo, que junto con Jorge “el Pesado” Rivera y Aníbal Ford me llevaron a trabajar con ellos a la facultad, me enseñaron a pensar sobre muchas de las cosas a las que me dediqué después.

Le debo un montón a Daniel Pérez, un amigo querido que era secretario de redacción de Medios y Comunicación –la revista que hacía Raúl Barreiros, con “el Caballo” Armando Ledesma y otros compañeros durante la Dictadura- y me permitió escribir lo que quisiera, incluida la “Carta al Sargento Kirk”. Después me convocó a La Voz y ahí publiqué Manual de perdedores con los dibujos de Hernán Haedo.

Precisamente, al riguroso gordo Jorge Lafforgue le debo la publicación de esa primera novela, y también de Los sentidos del agua en una colección suya, y la inclusión de mis cuentos policiales en más de una antología. Siempre me acompañó, hasta hoy.

Al tano Andrés Cascioli, con el que tanto nos peleábamos, le debo mi entrada en Hum®, el trabajo en SuperHum® y la responsabilidad que me dio en Fierro, en los ochenta. Al chileno y colorado Pablo Dittborn, su confianza y honestidad de editor; y a Juan Forn, un laburo a su lado y un contrato de novela que sigo escribiendo aún hoy; además, me regaló una campera de cuero cuando caí en justificada desgracia. A mi amiga Catalina Pantuso, que siempre me publicó e hizo sentir su gusto por lo que hacía, le debo muchas pruebas de amistad. Y a Diego Mileo, que trafica mis originales desde hace más de diez años, mi gratitud y el redundante “diego” que le corresponde. Y a los compañeros y compañeras de Sudamericana y de Colihue, gracias por el cuidado.

La revista Fierro en su primera etapa no hubiera sido lo que fue sin los que realmente la hicieron , los autores, y sin Juan Lima, mi amigo y jefe de arte, que es el responsable directo de la aparición y publicación de tantos jóvenes audaces en el Subtemento Óxido de la revista. Del mismo modo que Ricardo Romero hoy en la colección Negro Absoluto y Lautaro Ortiz en la actual Fierro hacen casi todo el trabajo que –por error o pereza- se me suele atribuir a mí, más veterano y visible. Dos amigos muy queridos y cercanos más allá del laburo ocasional.

Nunca había laburado en la tele hasta los sesenta años. Y parte (gran parte) de este reconocimiento de hoy se debe a esa equívoca repercusión mediática, lo sé.  Y eso no sólo se lo debo a Claudio Villarruel, que me convenció para hacer Ver para leer, sino a Mariano Mucci y a Daniela Blanco; a Sonia Jalfin y a Federico Huber, que me enseñaron y me ayudaron a hacer lo que no sabía, hasta hoy. Junto con todos los compañeros de Ver para leer, de  (Continuará) y de Disparos en la biblioteca están Fabián Arenillas, Mirta Woms y todos los que pusieron la cara.

Antes de eso, no me olvido que Pablo Salomón me llevó a Japón y me hizo hablar de Boca, que Diego Bonadeo y Román Letjman me invitaron a trabajar en la radio, y así.

A los amigos de Página /12: desde Ernesto y Hugo -que me dieron y dan tiempo y espacio para trabajar y escribir en libertad y creatividad- a todo el resto, pasando por los compañeros de Líbero y el Mulato Lagares, que me bancó como un pasante de cincuenta años cuando entré…

A Ariel Granica, que me ayudó a recuperar Fierro; a Daniel Divinsky que me editó por primera vez El día del arquero en el 83, como a tantos novatos escritores; al Coco Manoukian que sacó el primer Perramus criollo. A Faretta y Guille David por lo que aprendí de ellos y al negro Rubén Derlis por darme la idea del nombre Etchenike, entre otras cosas.

En fin, me ha tocado la suerte (o he tenido la secreta astucia) de tener más amigos que los que probablemente me merezco. Ahí fue una lista incompleta de algunos a los que debo mucho de lo que se supone que son méritos propios. Que quede consignado. Y algo más: me doy cuenta ahora que este acto no ha sido concebido como una ceremonia sino como otra cosa más festiva y amistosa: un cumpleaños. Gracias por venir, y por los regalos.

2 comentarios »

  1. Inmejorable

    Comentario por oenlao — julio 14, 2013 @ 10:06 pm | Responder

    • Ya lo dijiste. Inmejorable. Lo que dice sobre los malentendidos es de antología. Un aplauso más…

      Comentario por Gastón N. Flores — julio 15, 2013 @ 12:16 am | Responder


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